CARACAS, Venezuela.- A dos semanas del doble terremoto que sacudió a Venezuela el 24 de junio, el país atraviesa una doble emergencia: la humanitaria, gestionada desde campamentos temporales, y la social, con miles de personas que buscan sustento entre los escombros de los edificios derrumbados.

Según informó el ministro de Educación, Héctor Rodríguez, 14.634 personas permanecen alojadas en 87 campamentos temporales habilitados, con datos actualizados ayer. La red de emergencia cuenta con capacidad para 20.227 plazas en todo el país, asegura el gobierno de Venezuela, aunque la organización de la ayuda en la emergencia está muy cuestionada.

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La Guaira, el estado más golpeado por los sismos, concentra la mayor cantidad de damnificados: 8.613 personas distribuidas en 26 campamentos, ocho de los cuales están en proceso de ampliación.

En Caracas funcionan 39 campamentos con capacidad para 11.192 personas, aunque hoy albergan a 4.961. El departamento Miranda mantiene 22 campamentos con 2.003 plazas disponibles, de las cuales están ocupadas 1.060.

El Gobierno indicó que trabaja junto a organismos estatales, empresas privadas, comunidades y entidades multilaterales para ampliar la capacidad de respuesta.

La Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) confirmó además el traslado de algunos afectados desde La Guaira hacia zonas del país menos dañadas.

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El saldo trágico se mantiene en 3.535 fallecidos, 16.740 heridos, 17.854 personas sin vivienda y 157 desaparecidos, aunque se espera que la cifra de muertos ascienda mucho más cuando se terminen de contar los cuerpos bajo los escombros. Está prevista una vigilia en homenaje a las víctimas al cumplirse hoy 14 días del desastre.

Chatarreros entre los escombros

Mientras continúan las tareas de remoción de escombros y recuperación de cuerpos en La Guaira -el epicentro del desastre, con más de 180 edificios colapsados-, los terrenos donde se vuelcan los restos de las construcciones caídas, son fuente de metales reciclables y objetos de valor.

Una cartilla con notas escolares, dibujos coloreados, ropa desgarrada, recortes de periódico y juguetes son algunos de los objetos que yacen en las ruinas de lo que alguna vez fueron hogares, destruidos por el doble sismo. Los restos de los más de 180 edificios derrumbados en La Guaira, la zona cero del desastre, son vertidos por camiones de carga en un terreno baldío de más de un kilómetro entre la carretera y la costa.

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Al menos una veintena de personas necesitadas de dinero hurgan en estos escombros. Estos “pepenadores” encuentran juguetes, ropa, documentos, retratos esparcidos en este campo que colinda con la bahía.

“¿Cuál es la necesidad de nosotros de estar buscando entre los escombros, de estar comiendo de los muertos?”, preguntaba uno de los chatarreros que pidió anonimato por temor a represalias del gobierno. Vestido con ropa empolvada, guantes de tela rústica y un gorro para protegerse del sol de la tarde guaireña, se preparaba para separar con una pala fragmentos de bloque y cemento en una montaña de escombros. “¡¿Dónde está el Gobierno?!”, exclamó indignado.

“Esto es basura”

La tragedia no solo deja hasta ahora más de 3.500 muertos, sino que también sumió en la precariedad a miles de residentes que quedaron sin vivienda ni empleo.

Los daños económicos totales se estiman en unos 37.000 millones de dólares, según la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres, en una ciudad turística que quedó completamente paralizada. Casi dos semanas después de los terremotos, la necesidad obliga a padres a buscar comida para sus familias.

“¿Qué pasa con la gente profesional? que se quedaron sin trabajo, entonces uno sale a la calle porque uno tiene muchachos que mantener”, confió un mecánico que también pidió el anonimato. A bordo de una camioneta rústica se dirigió junto a sus dos hijos a la zona de los escombros en busca de cobre y aluminio.

Pueden vender estos metales en hasta cinco dólares el kilo y conseguir ganancias de hasta 30 dólares en una buena jornada.

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Dice que le han recomendado centrar su búsqueda en edificios abandonados, pero él se niega porque considera un robo hacerlo en propiedades privadas, incluso en ruinas. “Aquí no le estamos haciendo nada a nadie y no le estamos robando nada a nadie. Esto es basura, esto lo están botando”, indicó.

Entre los trabajadores del área se dice que algunos han conseguido botines de cientos de dólares en efectivo, probablemente ahorros familiares a resguardo en los apartamentos ahora hechos añicos.

Pesadillas

Muchos de los chatarreros que ahora escarban para hallar mercancía, antes lo hacían para encontrar personas enterradas en las ruinas. La mayoría no resistió la presión psicológica que implica ser rescatista voluntario. “Yo me metí bajo los escombros, buscando gente”, contó un joven que se estrenaba en esta zona de desechos. “Bajaba hasta tres pisos de escombros, por túneles, así como si fuera un topo”, relató.

Después de varios días de labor, no rescató a ninguna persona con vida, solo encontró cadáveres. Su salud mental empezó a sufrir las consecuencias y prefirió enfocar sus esfuerzos a la búsqueda de metales.

“Es algo que a uno le queda en la mente (...) Un día tuve pesadillas, como que estaba buscando en unos escombros y de repente alguien salía de los escombros”, narró. “Es una vaina terrorífica”.

Casi una decena de chatarreros entrevistados por la AFP coincidieron en el impacto emocional de escarbar en estos montículos de escombros, donde no solo encuentran objetos, sino memorias de quienes allí habitaron hasta hace apenas doce días.

“Me pega emocionalmente porque lo que uno ve aquí son casas de familias demolidas, escombros que pudieron haber matado a una persona”, dijo uno de ellos. “Todo tiene un dolor, todo”, afirmó.